
Sólo el rojo de la sangre que el escudero había derramado, y que ahora fluía desde sus venas y le empañaba la visión. La hierba ya no tenía más color que la oscuridad negra, y poco a poco caía en el infierno que él mismo había creado.
Y recordó aquellos versículos que el bizarro monje le había leído: "Quien a hierro mata, a hierro muere".
Estaba avergonzado de morir antes de entregar su mensaje, pero estaba orgulloso de haber muerto en combate: el paraíso le esperaba.